El fascismo reina, y mi cuerpo lo sabe

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El 11 de enero de 2026 casi tengo un accidente con la moto. Por un descuido total, casi choco con otra moto. Perdí el control y me caí. Nadie resultó gravemente herido. Yo salí con algunos raspones y magulladuras que ya casi no siento. Pero el cuerpo tiene mecanismos para reaccionar al peligro, ya sea real o no, y estoy seguro de que mi sangre rezumaba hormonas del estrés que activaron mi respuesta de supervivencia.

Recordemos que la brutal invasión a Gaza llevaba para ese entonces más de dos años activa, incluso con pactos de cese al fuego. En paralelo, cientos de titulares cada vez más horrorosos aparecían en mis redes sociales, que, para bien o para mal, son de donde me llega la mayor parte de la información de lo que ocurre en el mundo. Toda esa información, toda la mierda que embarra al mundo contemporáneo, fue acumulándose también dentro de mí. Y es que, aunque no pensara conscientemente en todo lo que está mal con el mundo, cada titular disparaba una emoción intensa de rabia e impotencia que se quedó almacenada en mi cuerpo. Mi mente tal vez olvidaba momentáneamente las tragedias en el mundo, pero el cuerpo recordaba.

El pequeño accidente fue la gota que derramó el vaso. Si hasta ahora el genocidio y los crímenes de odio desataban en mí una respuesta emocional, ahora el auge del fascismo en EEUU me provoca una reacción visceral. No puedo mirar a otro lado y fingir que no está sucediendo nada, porque no hay donde vaciar el vaso que colmaron las injusticias. Pero la gota sigue cayendo y el vaso desborda, haciendo que no solo mis emociones reaccionen, sino todo mi sistema nervioso.

No tengo el estómago para ver un vídeo más donde la población civil es masacrada por la fuerza del Imperio. El brazo en Palestina comete actos atroces bajo el nombre de “Fuerzas de Defensa de Israel” (IDF); el brazo en Isla Tortuga (EEUU/Norteamérica) comete actos deleznables bajo el nombre de “Servicio de Control de Inmigración y Aduanas” (ICE); en Venezuela y Colombia, amenaza la soberanía de los estados bajo la capa apolillada de la guerra contra las drogas. Otros tentáculos asfixian el Congo, Sudán, el país Uigur, el Sáhara Occidental, y un largo etcétera que me avergüenzo de no poder nombrar de memoria. No puedo decir que era indolente ante estas tragedias, ya que en ocasiones sentía que me hervía la sangre al conocer noticias sobre la opresión y la tortura de estos pueblos. Pero siento que mis emociones dejaron de dar abasto y ahora recurren a la totalidad de mi cuerpo para reaccionar ante el estado del mundo.

Me doy cuenta de que esta dicotomía, o incluso tricotomía, de mente-emociones-cuerpo es una ilusión. Esta distinción no es más que un recurso intelectual para intentar explicar las dimensiones de nuestra existencia. Nuestra mente vive en nuestro cuerpo; nuestras emociones desatan una respuesta fisiológica y afectan cómo trabaja nuestra mente; nuestra mente es capaz de regular cómo se comporta nuestro cuerpo, y nuestro cuerpo puede gobernar nuestras emociones y nuestros pensamientos (por ejemplo, después de mi accidentito, no me sentía capaz de estar feliz y pensar con sangre fría mientras me dolía la pierna).

No tengo una conclusión clara, no puedo ofrecer una línea de acción revolucionaria. Soy solo un individuo. Pero cada vez soy más consciente de que resistir con mi mente, mi dialéctica, mis palabras empieza a ser insuficiente. Aunque no quiera, tal vez se acerca el momento en el que tenga que resistir con mis emociones y con mi cuerpo.

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